El fin de la Corte Nacional y el inicio del Tribunal Supremo
En el año 1991 y gracias a un acuerdo político entre los partidos con representación parlamentaria de entonces, se inicia un innovador proceso de institucionalización de la Corte Nacional Electoral, a través del nombramiento, como sus vocales, de ciudadanos bolivianos reconocidos por su prestigio intelectual y calidad humana.
Estos ciudadanos recibirían el denominativo de notables de parte de la opinión pública, y darían inicio a un proceso de modernización de la CNE, y a la consolidación de una credibilidad forjada en hierro, que sería reconocida internacionalmente.
A partir de entonces el organismo electoral boliviano, encabezado por personalidades como Huáscar Cajías Kauffmann, Alfredo Bocángel Peñaranda, Iván Guzmán de Rojas, Jorge Lazarte Rojas y Salvador Romero, entre otros, administraría los procesos electorales del país, sin que ningún ciudadano ni político boliviano se atreviera a cuestionar su imparcialidad.
La CNE entra en una crisis de credibilidad a partir del nombramiento, por prerrogativa del Presidente Evo Morales, de José Luís Exeni como vocal. Esto dio pie a muchas denuncias y susceptibilidades de los movimientos opositores, respecto de la imparcialidad de Exeni. Empero, nunca se demostró irregularidad alguna durante su estadía como presidente de la CNE.
Fue su último presidente, Antonio Costas, quien terminó por destruir el prestigio intachable de la CNE, en las elecciones del 4 de abril del 2010, eliminando dos artículos de la Ley Electoral en el afán de favorecer al Movimiento al Socialismo en cinco departamentos del país, otorgándole mayorías abrumadores en las asambleas departamentales.
El nombramiento de tres vocales para el nuevo Tribunal Supremo Electoral, que es parte del Órgano Electoral Plurinacional, se da en una situación de dudas y escepticismo, y con una mayoría oficialista abrumadora de por medio.
Además, los ciudadanos nombrados para ocupar los cargos son completos desconocidos, sin prestigio del que nos podamos valer para generar en torno a ellos un mínimo de confianza, y por lo tanto sin ninguna credencial que nos permita avizorar un mejor horizonte dentro de la aplicación y mejora del sistema electoral.
Para colmo, su nombramiento es apadrinado por el rodillo de un gobierno que no ha disimulado sus afanes de control de todos los poderes y órganos del Estado, aunque esto le demande la aplicación de las más innobles y sucias tácticas.
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